INDIFERENCIA - Parte I
Quiero compartir contigo algo que me llama la atención de esta época en la que vivimos y es la desesperante indiferencia con la que cada vez más, se trata a otros seres humanos.
Yo no se si es el hecho de habernos acostumbrado a convivir con la pobreza y la misera, lo que nos ha llevado a tener tan poca sensibilidad para responder cuando nos encontramos frente a alguien que está atravesando un momento difícil y que seguramente, aunque no lo pida, está necesitando de nosotros algo más que una respuesta fría, desprovista de sentimiento y de una cálida preocupación por solucionar de alguna forma su problema.
Algo se nos ha metido en el corazón y no ha aletargado. Quizás sea que le hemos dado rienda suelta a la maldad. Maldad que se hace cada vez más evidente y que nos recuerda que solamente Dios tiene la posibilidad de cambiar nuestro interior y darnos un corazón tierno, si aceptamos el estado de miseria en la que nos encontramos y le pedimos que nos perdone y nos limpie.
Nadie que se jacte de conocerse un poco puede afirmar que puede convertirse en una persona buena de solo desearlo, o impartir dentro suyo sentimientos de bien.
Con el afán de escondernos y de que nadie vea nuestro estado, nos vamos recluyendo dentro de nosotros mismos y perdemos poco a poco el contacto con el exterior.
Así nos convertimos en nuestras propias sepulturas.
Yo no se si es el hecho de habernos acostumbrado a convivir con la pobreza y la misera, lo que nos ha llevado a tener tan poca sensibilidad para responder cuando nos encontramos frente a alguien que está atravesando un momento difícil y que seguramente, aunque no lo pida, está necesitando de nosotros algo más que una respuesta fría, desprovista de sentimiento y de una cálida preocupación por solucionar de alguna forma su problema.
Algo se nos ha metido en el corazón y no ha aletargado. Quizás sea que le hemos dado rienda suelta a la maldad. Maldad que se hace cada vez más evidente y que nos recuerda que solamente Dios tiene la posibilidad de cambiar nuestro interior y darnos un corazón tierno, si aceptamos el estado de miseria en la que nos encontramos y le pedimos que nos perdone y nos limpie.
Nadie que se jacte de conocerse un poco puede afirmar que puede convertirse en una persona buena de solo desearlo, o impartir dentro suyo sentimientos de bien.
Con el afán de escondernos y de que nadie vea nuestro estado, nos vamos recluyendo dentro de nosotros mismos y perdemos poco a poco el contacto con el exterior.
Así nos convertimos en nuestras propias sepulturas.